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Domingo 25 de Marzo

Shulamit Graber y Tere Díaz

Si la duda está en el territorio del amor, la sospecha está en el territorio de los celos.
Rafael Manrique


El pasado febrero, patrocinado por el Centro de Terapia Familiar La Montaña, el Dr. Rafael Manrique Solana compartió con un grupo de ciento cincuenta colegas terapeutas un tema candente, poco explorado, ligado a las relaciones amorosas: Los celos: la patología de la certidumbre.

El Dr. Manrique inició el Seminario afirmando que los celos se asocian al amor pero no son derivados de él. Citó a André Maurois: "Sólo la incertidumbre mata los celos", sugiriendo que el amor requiere de cierta opacidad y de duda para conservarse vivo, y que la necesidad de certezas absolutas y de trasparencia es una amenaza para las relaciones amorosas. "El amor ha de aceptar asumir ciertos riesgos y una buena dosis de incertidumbre; de lo contrario se tendrá una relación que no tiene celos, pero tampoco amor..." afirmó.

En unas cuantas líneas compartiremos con Uds. algunos de los conceptos centrales expuestos en este seminario, que tuvo como punto de partida el pensamiento del filósofo francés Gilles Deleuze. Deleuze describe a los seres humanos como "máquinas deseantes", que "siempre estamos deseando algo." Anota que desear es desear tener algo, pero como el deseo nunca es completo, nunca se colma del todo como podría satisfacerse una necesidad, al final nos deja insatisfechos, inconsolables; no es una necesidad que se satisface, es una demanda: "deseo tener amor..." Pero al amor no podemos poseerlo: demandamos más tiempo, más actividades, más cuidados, más...; demandamos una relación total y, ante la insuficiencia, se abre un escenario de insatisfacción donde los celos pueden aparecer como un intento de apropiación del otro "como un objeto". Así, los celos tienen que ver con el desear pero no con el amor; a una persona se le puede destruir, esclavizar, pero no poseer.

Podrían describirse los celos como un disgusto emocional, un displacer frente a la pérdida del amado o bien al simplemente imaginar su posible pérdida. Seis emociones básicas irrumpen simultánea e intensamente en la experiencia del celoso: posesión, exclusión, competición, envidia, humillación y miedo.

Luego entonces, los celos son una experiencia de sufrimiento. Decía Roland Barthes que el celoso sufre porque está celoso, porque se reprocha de estarlo y porque teme herir al otro con sus celos. Por otro lado, el celoso convierte al amado en un irresponsable e incompetente, pues desconfía de la capacidad del otro de manejarse y cuidarse, siendo características distintivas de una relación celosa la vigilancia, el control y la suspicacia.

Si aceptamos una estructura de carácter que predispone a los celos, cabrían las siguientes características: postura de "sabelotodo", actitud moralista, personalidad suspicaz con un apego evitativo, tendencia al romanticismo, alta religiosidad con exigencias "fuera de este mundo", hiperresponsabilidad y coherencia (que hacen difícil integrar las contradicciones de la vida) y tendencia al "neuroticismo" (angustia y reactividad nerviosa elevada), rasgos que tienden a exacerbarse con el consumo de alcohol. No hay que menospreciar otros factores que entran en juego en la construcción de los celos, como las experiencias infantiles, los tipos de relaciones establecidas, los datos de la etología y la sociobiología y las variables culturales.

El Dr. Manrique sugiere que los celos son un mensaje en la relación de pareja, y que generalmente el compañero celoso es quien más tiene que perder en las relaciones amorosas; es más, parece ser que en nuestro momento histórico éste es el varón, dados los constantes cambios sociales que operan en la actualidad. En pleno declive del patriarcado, ya no vale ser agresivo, caballeresco y dominante; ya no sirve cuidar a las mujeres; ya no es necesaria la abnegación. La identidad masculina queda trastocada: ¿para qué "sirven" los hombres? Los varones se viven terriblemente amenazados; hoy tienen más miedo que nunca, miedo que se muestra como represión hacia el pasado y como ansiedad hacia el futuro; deprimidos, ansiosos, sin nada claro que ofrecer; por tanto, celosos. De manera concreta, este miedo se muestra en cuatro inseguridades: al sexo seguro que tenían antes, a que su mujer no sea necesariamente sólo para ellos, a no tener iniciativa, a dudar de ser buenos amantes. Sí, el fin del patriarcado invita a los celos.

Si en términos generales las relaciones amorosas dan una sensación de coherencia, de identidad y de certidumbre, cuando por razones diversas el amor disminuye, los celos pueden surgir afectando la capacidad amorosa y, al mismo tiempo, generando una alteración cognitiva y emocional que trastoca esa sensación de coherencia, identidad y certidumbre. En la experiencia celosa, primero aparece la sospecha. Ésta genera una distancia con el mundo. Luego sobreviene la franca irrupción de los celos en la conciencia. Los celos evolucionan desde una sensación de exclusión e insignificancia hasta la experiencia de pérdida y humillación, culminando en casos muy exacerbados con una clara alteración mental. Esta última genera una obsesión con rumiación constante que puede detonar en la depresión o en la paranoia misma.

En ocasiones, se intenta resolver los celos buscando la transparencia, sin darse cuenta que con ella se altera y se llega a matar el amor. Para el Dr Manrique la franqueza absoluta no es una buena solución al problema de los celos porque somos seres contradictorios. Una relación amorosa viva, comprometida, ha de ser capaz de jugar con esta contradicción donde desvelamiento y ocultamiento son necesarios.

A nivel terapéutico, el Dr Manrique nos comparte algunas intervenciones que él emplea en su consultorio privado en Santander. Sugiere que, en primera instancia, al celoso hay que pedirle tiempo, es decir, exhortarle a que no actúe, a que se detenga, puesto que la intensa emotividad experimentada lo mueve a realizar acciones arrebatadas, muchas veces violentas. Por otro lado, puntualiza que los celosos inventan historias contra ellos mismos. Por esto, es importante trabajar sobre sus narraciones, recorriendo las cuatro dimensiones del self (corporalidad, actitudes, erotismo e intelectualidad) que se ven afectadas. El trabajo con el miedo es central. Hay que reconocer que el miedo le hace a uno esclavo: esclavo de la mujer - o del hombre -, de la sexualidad, del temor al abandono, de la humillación. Por eso, el tratamiento versará sobre el manejo del miedo, ya sea en forma de depresión o ansiedad. El Dr Manrique presenta la seducción como antídoto contra el miedo: al celoso hay que enseñarle a seducir, entendiendo la seducción como un recurso para la creación de vínculos significativos y amorosos.

Se recomienda la intervención en la relación amorosa desde la terapia individual, al menos en primera instancia. Se trabaja, entonces, con el celoso, luego con su pareja y así hasta que haya dos narraciones separadas y convincentes que contengan una cierta comprensión de la postura del otro, lo que los reunirá como pareja. Ya juntos, hablarán primero con el terapeuta y no entre ellos. Para el Dr Manrique, en el trabajo con celosos, es mejor decir cosas directas que hacer uso de preguntas circulares.

A modo de ejemplo se expone una intervención concreta: consiste en revisar con la pareja el recuerdo más significativo de toda su vida marital y buscar como se relaciona éste con los celos. Asimismo, se revisan experiencias de los padres para ver si tienen que ver con sus percepciones. Con los celos fundados, una buena estrategia sería: o separarse, o resignarse sin amargura, o luchar por lo que se quiere. "Elige una y sobre ésa trabajamos", diría el Dr Manrique.

Habría mucho más que compartir sobre este tema que invita al cuestionamiento y a la profundización. Por ahora, vale concluir con un pensamiento del Dr Manrique que él mismo utilizó para cerrar el seminario:

El amor será siempre el goce de la melancolía; la sabiduría de que esa persona será siempre la presencia de una ausencia, ya que entonces descubrimos el tiempo, la memoria y el deseo... lo imposible… lo más humano... y, por tanto, también la presencia constante del abismo.