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Tere Díaz Sendra



Ningún otro tema como el de las relaciones íntimas absorbe e intriga permanentemente a filósofos, poetas y científicos sociales. Uno de sus componentes, el amor, fue descrito elocuentemente por Bertrand Rusell (citado en Díaz Loving, 1999) de la siguiente manera "lt;Yo creo que el amor es la fuente de los placeres más intensos que otorga la vida. En la relación de dos seres que se aman apasionadamente, con imaginación y ternura, existe algo de incalculable valor, ignorarlo sería una gran tragedia para cualquier ser humano>".

Troya considera que "tener, ser pareja, estar en pareja es maravilloso, necesario, trascendente y, a la vez, amenazante, temible, restrictivo. Un constante y precario equilibrio inestable. También vemos cuan ligada a la vida y la muerte se le concibe. No sólo porque es la generadora de hijos, sino también porque de ella dependen algunas de las interacciones que hacen sentirse vivo o muerto en vida. Participa en la posibilidad de crecer y proyectarse, y en la construcción de la identidad personal, sexual, profesional, social y cultural. No cabe duda, entonces, que tener tantos huevos en la misma canasta es tan fantástico como aterrador" * (Troya, 2000).

La pareja es más que una relación entre dos personas dentro de un determinado contexto social. El estudio de las relaciones de pareja es importante, porque además de ser ésta un elemento esencial para la conservación de la sociedad, es un factor fundamental en el desarrollo humano de toda persona, desde su nacimiento hasta su muerte. En ella influyen una variedad de factores psicosociales tales como: experiencias previas, factores familiares, variables educativas, nivel socio-económico, calidad de vida, actitudes, estilos atribucionales, etc. La interacción de todos estos factores y su influencia en cada uno de los miembros de la pareja, hacen que esta relación sea compleja y multivalorada (Díaz Loving, 1999).

En la vida de las personas las relaciones cercanas suelen dar significado y propósito a su existencia. Sin embargo, también es cierto que en ocasiones son fuente de conflicto, tensión y desilusión. Entonces, hablar de vivir en pareja, es hablar casi paralelamente de crisis. Si consideramos que una de las opciones más comunes por las que opta el ser humano al transitar por este viaje que llamamos vida, es acompañarse de un otro, de un tú... podemos imaginar que el transcurrir de los años, con sus múltiples demandas, acontecimientos y cambios, le invite, muchas veces sin preguntarle, a franquear una serie de eventos, a responder una serie de preguntas, que son un auténtico reto de actualización, de crecimiento, una puerta a la madurez.

Con frecuencia se tiende a subestimar la necesidad que cada persona tiene de establecer una relación yo-tú, razonablemente segura y continuada; esta necesidad tiende a ser muy profunda ya veces se le considera con excesiva ligereza. La necesidad de intimidad tiene un enorme valor en el individuo. Sternberg (1986) asevera que la intimidad se refiere a aquellos sentimientos dentro de una relación que promueven el acercamiento, el vínculo y la conexión. La intimidad, según Osnaya y Moreno (1998) abarca tres dimensiones: la positiva, la negativa y la sexual. La dimensión positiva incluye respeto, confianza, seguridad, comprensión, aceptación, tolerancia, empatía, dar y recibir apoyo, comunicación, compartir y altruismo. La dimensión negativa está conformada por incomodidad, incompatibilidad, desconfianza, miedo a ser lastimado, alejamiento y soledad. Finalmente la dimensión sexual es la expresión de la atracción a través de caricias, comunicación y bienestar en las relaciones sexuales.

De esta manera los miembros de una pareja se plantean varios cuestionamientos: "¿Qué motiva nuestra vida en común?, ¿Queremos seguir estando juntos?, ¿Realmente espero que me hagas feliz?, ¿Me siento obligado/a a hacerte feliz?, ¿Eres tu responsable de cumplir todas mis expectativas?, ¿He yo de satisfacer las tuyas?, ¿Qué necesitamos para ser auténticamente pareja?, ¿En que consiste el amor?".

Desde la perspectiva de Bowlby (1985) y como punto de partida para poder entender una relación de pareja, se debe considerar que para los seres humanos, más que para ninguna otra especie, las necesidades de afecto, apego, cuidado, cariño, interdependencia, compañía y amor, son necesidades genéticamente básicas y determinantes para la sobrevivencia de la especie.

A estas necesidades biológicas han de sumarse las necesidades socioculturales, lo típico o ideal que se espera del hombre y de la mujer en lo concerniente a las relaciones íntimas. En cuanto se funden e interactúan el componente individual y cultural, el sujeto evalúa su relación y a su compañero tanto a nivel cognitivo (que sus características concuerden con aquellas que él cree que son atractivas o efectivas para tener una relación positiva), como afectivo (qué es lo que siente, lo que le es agradable o desagradable, etc.).

En el proceso de conformación de una relación íntima, podemos esperar perspectivas cognitivas y afectivas de evaluación diferentes dependiendo de la composición de elementos y antecedentes particulares de cada persona. La predisposición evaluativa, determina entonces la iniciación de una relación, así como la calidad y disposición eventual de una relación establecida. Aunando todos los componentes anteriores, cada ser humano recorre y escudriña en su mente para encontrar la mejor estrategia para responder a estas demandas, construyendo y reconstruyendo así una serie de rasgos, valores, creencias, actitudes y capacidades a ser utilizadas en sus relaciones interpersonales.



Para J. Willi "La relación bipersonal entre hombre y mujer encuentra su <forma clásica> en el matrimonio, que constituye la conexión más frecuente, intensiva y estable de la edad adulta. Pero las causas típicas de tensión y las clases de perturbaciones que plantearemos pueden existir y extenderse en toda relación de pareja y solo están en conexión indirecta con la crisis de la institución matrimonial" (Willi, 1985).

A diferencia de cualquier relación hombre-mujer, el matrimonio se basa en un convenio vinculante y duradero de querer configurar en común la historia de la vida, cosa que abarca dimensiones distintas a las de una satisfacción momentánea de necesidad o a las de un encuentro humano de corta duración.

Rogers (1977) en su obra "El Poder de la Persona" explica que en la actualidad el significado del matrimonio se está redefiniendo en forma radical. Esta redefinición es resultado de varios factores:
  • Los avances en la contracepción que hacen posible a las mujeres controlar sus decisiones en materia de reproducción. No hace tanto tiempo ser una esposa era una de las ocupaciones más peligrosas de la época, muchas mujeres vivían poco debido a sus constantes embarazos, partos, crianza de los hijos. Ahora esto ha cambiado, la disponibilidad de medios de control natal eficaces significa que el matrimonio puede llegar a ser algo más puesto que la esposa no está totalmente ocupada con el embarazo, la alimentación y crianza de los niños.

  • El movimiento femenino que ha hecho psicológicamente posible que las mujeres tengan menos o ningún hijo. Esto, aunado a los métodos modernos de control de la natalidad, significa que la mujer tanto física como psicológicamente es tan libre como su esposo para explorar relaciones fuera del matrimonio, además de tener la opción de elegir entre una familia o una carrera o combinar las dos. Esto aumenta la independencia económica de la mujer y su posibilidad de estar en contacto con otros hombres en el ámbito laboral. En síntesis podemos decir que estos dos eventos han facilitado la tan mencionada "liberación de la mujer".

  • La creciente libertad sexual ha afectado profundamente al matrimonio. Se reporta que el 90% de los jóvenes que llegan a su primer matrimonio han tenido relaciones sexuales. Más aún, un estudio muestra que cuando la pareja de un primer matrimonio está entre los 20 y 25 años de edad, tienen más relaciones sexuales extramaritales durante los 2 primeros años de matrimonio que individuos viejos durante toda su vida de casados.

  • Otro factor social a incluir y cuya creciente aceptación es evidente: el divorcio. Ahora ya ninguno de los miembros de la pareja se siente necesariamente unido al otro "hasta que la muerte nos separe". Ninguno de los dos tiene ya un poder o control perdurable sobre el otro. Cada individuo tiene siempre en la actualidad el poder de la elección sobre la conservación del matrimonio.

  • La transitoriedad y movilidad de la familia ha tenido un profundo efecto en la relación interpersonal del matrimonio: esto pone el énfasis en la cualidad de la relación entre dos personas. No existe más la familia extensa para amortiguar las tensiones, por lo tanto cualquier deficiencia en la relación se hace más clara.

  • Otro aspecto importante a mencionar es el aumento de la longevidad que agrega un promedio de 24 años de vida a partir del siglo pasado, así como 15 o 20 años más de vida de pareja para un matrimonio después de la partida de sus hijos. Actualmente menos de la mitad de la vida necesita ser dedicada a la paternidad, lo que aumenta la importancia de centrar la atención en la calidad de la relación de pareja.
Podemos deducir que los defectos de una relación que podían ser tolerados por 10 años, no serán tolerados por 50; ha aumentado el número de situaciones que pueden hacer que una relación inestable se multiplique a menos que la pareja crezca junta y se adapte bien a una relación continuamente cambiante.

Silverstein y sus colaboradoras afirman que "Hasta esta generación las mujeres pasaban directamente de la tutela de sus padres a la tutela de sus esposos. Las mujeres siempre fueron enseñadas que el matrimonio era la solución a sus problemas de sobrevivir y no habían sido enseñadas a desarrollar autonomía o a identificar metas de vida personales fuera del matrimonio" (Silverstein, 1988).

El impacto de todos estos cambios ha sido notable. La relación matrimonial ha ganado en significado emocional, el foco de la elección marital cambió de los padres a los hijos. Al mismo tiempo, conforme se debilitan las estructuras circundantes, el proceso moderno de compromiso enfatiza la decisión de los jóvenes involucrados. Aunque las selecciones se dirigen cada vez más hacia la autorrealización, esto no quiere decir que necesariamente sean más sabias o discernibles. Blood (1987, citado Díaz Loving) comenta al respecto que a pesar de que muchas parejas basadas en el amor han resultado en matrimonios gratificantes, es cuestionable si ha habido un incremento en la proporción total de felicidad de los matrimonios. Y aunque los cambios sociales han permitido la disolución de matrimonios infelices, las expectativas incrementadas de lo que es la felicidad, han hecho que miembros de la relación sean menos tolerantes a las irritaciones y periodos de aburrimiento naturales de la vida matrimonial.

El incremento de la creencia de que tenemos el derecho innegable a una alta gratificación emocional en nuestras relaciones, conduce a una mayor posibilidad de desencanto de las mismas.



Rogers observa que los innumerables cambios ocurridos en el siglo pasado posibilitan la existencia de un matrimonio o de una relación de pareja centradas en la persona; pero también nos hace pensar en el hecho de que todas esas nuevas realidades hacen que el matrimonio sea más riesgoso, más abierto a tensiones, con menos probabilidad de durar. Existe una mayor apertura a la realización y enriquecimiento de cada uno de los miembros de la pareja, pero a su vez existe mayor posibilidad de rompimiento (Rogers, 1977).

Normalmente la gente se refiere al matrimonio como una institución o como una estructura. Rogers (1993) lo niega y afirma que el matrimonio es un proceso. Sánchez Aragón (1996, citado en Díaz Loving) apoya y extiende esta perspectiva afirmando que "La pareja como un modo característico de relación interpersonal, generalmente conlleva un proceso de vida en el cual se va desarrollando cierta dependencia basada en el tiempo, las vivencias y evaluaciones compartidas, lo que conforma el ciclo por el cual la pareja nace y se desarrolla".

Hemos de considerar entonces este proceso, en el que cada pareja encuentra su propia identidad matrimonial, como una serie de etapas complejas, en ocasiones progresivas, en otras regresivas, estáticas, dinámicas; estables y cambiantes, con oscilaciones entre periodos de cercanía y de distancia caracterizadas por estadios de continuidad y discontinuidad.

Por su parte Rogers (1993) se cuestiona y cuestiona al lector:" ¿Sería posible proporcionar un cuadro vivo de las luchas, momentos de goce, horas de agonía y meses de perplejidad, celos y desesperación que forman parte de una pareja, así resulte perdurable o se disuelva?.

La relación hombre mujer, tal como se vive actualmente, incluye todo tipo de experiencias, los movimientos y cambios constantes que requiere la relación hacen del conflicto o de la crisis una constante; de hecho podríamos afirmar que la vida de pareja genera conflictos para promover el crecimiento de sus miembros, para facilitar la excitante evolución que se advierte con el paso del tiempo al moverse la pareja de un escalón a otros. Esta aseveración no significa que el objetivo en la relación de pareja sea vivir perennemente en el conflicto, pero sí la necesidad de integrar la idea de crisis, no sólo como inevitable, sino como necesaria.

Willi (1985) define la crisis de pareja como "...no solamente una situación molesta que hay que eliminar, sino como un esfuerzo embarazoso de los consortes por la verdadera madurez común".

La crisis como nunca ha impactado hoy en día a la pareja. Se vale ser optimistas ante un nuevo tipo de pareja que está surgiendo a partir de estas crisis. Con razón el ideograma chino que significa "crisis", incluye el doble significado de peligro y oportunidad. Peligro por la desorganización que implica y las consecuencias negativas que de ella se derivan si no se aprovecha y se encausa la situación, pero también oportunidad de cambio, de crecimiento y de maduración.

La palabra crisis encierra muchas acepciones. Desde la perspectiva psicoterapéutica se le define como un estado temporal de trastorno y desorganización caracterizado principalmente por la incapacidad del individuo para abordar situaciones particulares utilizando métodos acostumbrados para la solución de problemas y por el potencial para obtener un resultado positivo o negativo.

Díaz Loving (1999) cita a Lamaire para quien "Un proceso de crisis es un proceso dinámico, necesario, fundamental y no obligatoriamente el punto de partida de un desentendimiento o de una ruptura. Muy a menudo el instrumento mismo mediante el cual la pareja va a reestructurar su funcionamiento propio".

El proceso de crisis tiende a introducirse a través de la decepción experimentada por uno de los miembros de la pareja, en tanto que el cónyuge no responde ya a sus deseos o expectativas. Son muchos los factores que pueden detonar una crisis de pareja, de hecho en la mayoría de las experiencias de crisis se entremezclan diversas circunstancias que finalmente hacen insostenible una situación determinada.



En términos generales y sintetizando las perspectivas de diversos autores se puede hablar de diferentes tipos de crisis. Hay crisis circunstanciales, donde sucesos inesperados tales como accidentes o factores ambientales ajenos a la pareja detonan una experiencia traumática que la desorganiza y desequilibra. Ej. Muertes, accidentes, asaltos, enfermedades, desastres naturales, desempleo, etc.; dentro de esta categoría podemos incluir las crisis sociales incluyendo los acontecimientos a nivel mundial. En estas crisis se vive una experiencia de dolor y ansiedad ante lo inesperado.

Por otro lado están las crisis del desarrollo, estas consideran el ciclo de vida individual y ciclo evolutivo de la pareja. El desarrollo requiere de una serie de transiciones de una etapa a otra, cada etapa esta caracterizada por ciertas actividades o tareas de crecimiento que la persona y la pareja han de cumplir. Cuando hay interferencia en su realización, es probable que sobrevenga una crisis por la incapacidad de integrarse a la siguiente etapa de vida. La transición de una etapa a otra en sí misma no es un factor determinante de sufrimiento, las transiciones son normales y permiten crecer, el paso de una etapa a otra puede transcurrir fácilmente o involucrar trastornos considerables que se relacionan con la dificultad de la persona o de la pareja para realizar las tareas relacionadas con cada etapa. Así, la transición se convierte en crisis debido a la falta de conocimientos, habilidades, disposición al riesgo, recursos físicos y apoyos sociales; a la acumulación de sucesos en un periodo corto de tiempo; porque la persona o la pareja no está preparada para los sucesos propios de cada etapa; cuando la persona o la pareja se percibe fuera de tiempo de acuerdo a las perspectivas de la sociedad.

Desde una perspectiva dinámica y partiendo de su práctica en el tratamiento de parejas, Willi (1985) ha desarrollado un nuevo conceptos de los móviles y cursos más frecuentes de los conflictos de las mismas. Descubrió que estos problemas son tan atormentadores, tan penosos y tan difíciles de solucionar, porque se basan en un juego conjunto inconsciente. Problemas y conflictos de la misma clase ejercen una gran atracción mutua en dos personas en la fase de elección de consorte. Ambos esperan, el uno del otro, la curación de las lesiones y frustraciones de la primera infancia, anhelan la libertad de los temores preexistentes y la mutua subsanación de la culpa prevaleciente de las relaciones anteriores. Las fantasías e imaginaciones no expresadas nunca, que inquietan y unen a ambos, constituyen una predisposición para la formación de un inconsciente común.

Willi (1985) introduce el término colusión con el cual define dicho juego neurótico de pareja, juego no confesado entre sus miembros, oculto recíprocamente a causa de un conflicto fundamentalmente similar no superado. Esta conexión fundamental actúa en diferentes papeles, lo que permite tener la impresión de que uno de los miembros es lo contrario del otro, siendo que en realidad se refiere solamente a variantes polarizadas de lo mismo, así se favorece en la relación de pareja los intentos de curación individual, progresiva en un miembro y regresiva en el otro. Estos comportamientos producen en parte importante la atracción y aferramiento diádico de los cónyuges, donde cada uno de ellos espera que el otro lo libere de su propio conflicto. "Los consortes están unidos por supuestos comunes fundamentales casi siempre inconscientes. Las ideas comunes y las fantasías inconscientes forman la base emocional de la mutua atracción y de la intensidad de su vinculación, pero también la base del conflicto de pareja. Las premisas fundamentales comunes inconscientes desarrollan en la relación bipersonal una dinámica con legitimidad propia, frecuentemente en el sentido de complementariedad, expuestas en los tipos de colusión".

Desde esta perspectiva, Willi (1985) incluye los principios dinámicos correspondientes a cuatro esquemas fundamentales de juego conjunto inconsciente de los consortes:
  • "El amor como ser uno mismo", donde el conflicto surge cuando se pone en tela de juicio que el ideal de una relación es conseguir la armonía primitiva de la fusión.

  • "El amor como preocupación el uno del otro", donde el conflicto surge cuando se cuestiona el acuerdo en que el verdadero significado del amor es prodigarse cuidados mutuamente y de forma exclusiva.

  • El amor como pertenecerse el uno al otro", la tensión surge en tanto que se ponga en discusión la idea de que la relación se desharía si ambos se comportaran con libertad y autonomía, de ahí la centralidad en tanto a la lucha de poder.

  • "El amor como afirmación masculina", donde el conflicto surge para evitar que se ponga en duda la idea compartida por los cónyuges de que el marido tiene que ser siempre fuerte y la mujer débil y necesitada de dirección.
Todo matrimonio puede ser afectado por los cuatro temas, aunque generalmente el conflicto tiende a presentarse acentuando uno de estos tipos de colusión. De hecho ésta propuesta no corresponde a categorías matrimoniales, sólo intenta mostrar como las parejas pueden entrar en crisis cuando alguno de sus miembros empieza a experimentar inoperante o disfuncional la fantasía inconsciente que los unió al principio, su definición inicial ya no es viable y por lo tanto produce desilusión, angustia y obstinación. Esta propuesta nos facilita una perspectiva dinámica de los conflictos maritales y resalta que en la vida de pareja, no todos los problemas personales profundos entre los consortes, tienen que ser de índole neurótica.

A todas estas aseveraciones, Dallos (1997) integra otros conflictos de pareja que detonan básicamente dentro de una perspectiva sociocultural. La autora afirma que las diversas teorías psicológicas, aunque difieren en sus supuestos básicos, tienden a compartir el presupuesto de que el problema en las relaciones de pareja puede explicarse en términos de factores individuales o relacionales. Desde una mirada sociocultural, a Dallos no le interesa indagar cual teoría es superior en el plano científico, sino resaltar que sus discursos tienden a minimizar o incluso a excluir el papel de los factores sociales: este aspecto incluye de alguna manera a dichas teorías en los discursos jerárquicos que oscurecen las inequidades de género. Por lo tanto la autora realza la importancia de abrazar la idea de que las desigualdades materiales e ideológicas dan forma a la experiencia, acciones, sentimientos y creencias de las parejas y en tanto que los patrones sexuales derivan en buena medida de esto, muchas de las desavenencias de pareja se generan, detonan y por tanto han de explorarse desde una perspectiva sociocultural.

Al centrarse en el tema de género, se puede afirmar que las estructuras y las creencias patriarcales están íntimamente relacionadas en los efectos que producen en las relaciones heterosexuales. Dentro de este contexto no se puede dejar de destacar el papel del poder como detonador de crisis en la pareja: Díaz Loving (1999) lo resalta cuando expresa que "Dada la inseparabilidad del poder, los conflictos y las negociaciones en las relaciones cercanas, no es sorprendente que el tema del poder haya sido central en la literatura del matrimonio y de la familia".

El término poder es usado de manera muy amplia, en este trabajo se propone enmarcar su naturaleza en el núcleo de las relaciones de pareja. Al hablar de poder nos referimos a la probabilidad de realizar los propios objetivos aún en contra de la oposición que ponen los otros con quienes se está involucrado en una relación.

Para Díaz Loving (1999) "...el poder en la relación de pareja se refiere a quien toma las decisiones, quien plantea ideas o soluciona problemas, quien recibe mayor acuerdo o quien participa más en las discusiones. Dentro de la relación de pareja se establecen convenios y negociaciones en donde las partes tratan de lograr que la otra parte acepte y cumpla sus ideas y necesidades". Estas definiciones nos permiten vislumbrar la importancia del conflicto en la relación de pareja, donde algunos temas centrales son: ¿cómo se influyen los cónyuges uno a otro?, ¿Qué medios se utilizan para lograr los propios objetivos, manipulación, suplica, ataque, regateo, deserción, imposición, o algún otro? y ¿qué formas de oposición toma el otro para limitarlo o impedirlo: control, coerción, persuasión, explotación, resistencia, o enfermedad?

Resulta importante destacar la diferencia que Dallos (1997) observa entre el poder estructural y el poder ideológico. El poder estructural se refiere a la posibilidad de dominar al otro en cuanto a lo que hace o deja de hacer; generalmente el ejercicio de este poder se basa en los recursos que tiene una persona con relación a otra, ya sean recursos tangibles como dinero, objetos materiales, áreas de maestría, derechos legales, fuerza física, etc., o recursos intangibles como la validación, aceptación, amor, etc. El poder reside en la dependencia del otro, ya sea personal, interpersonal o social y a mayor recursos mayor poder; por lo tanto mayor capacidad de que otros sean dependientes de mí. Generalmente los hombres poseen mayores recursos tangibles que las mujeres, y en tanto que los recursos son negociables e intercambiables, cuando alguien tiene más recursos que otro, se da una relación de inequidad. El poder ideológico se refiere a creencias, estructuras, acuerdos, lo cual da forma a lo que pensamos de nosotros mismos y de nuestras relaciones; se refiere al conjunto de ideas, aseveraciones, explicaciones, objetivos, imágenes por las cuales la gente da sentido a la sociedad y por lo tanto a sí mismo, aquí se incluyen los roles, deberes y expectativas de género dadas por la sociedad. Además de la construcción social de ideas y explicaciones, el poder ideológico incluye el uso de prácticas y procedimientos con los cuales se organiza el sistema social, los cuales generalmente están construidos por los grupos de poder, quienes a su vez invalidan propuestas alternativas queriendo dar la impresión de que "no hay conflictos". Ambos tipos de poder se interrelacionan, de manera que normalmente los que tienen determinados recursos pueden asegurarse que sus creencias, ideologías, etc. son las aceptables.

En conclusión la autora afirma que "Las diferencias materiales y los discursos dominantes dan forma a las ideas de poder en las relaciones" (Dallos, 1997). Hablando de crisis podríamos plantear algunas preguntas clave dentro de la relación de pareja: ¿Ambos cónyuges logran sus objetivos?, ¿Uno más que otro?, ¿Hay conciencia de estas diferencias?, ¿Se puede hablar de ellas?. Plantearemos algunas respuestas a estos cuestionamientos desde las propuestas de diversos autores.

Cada uno de los sexos percibe en forma diferencial muchos de los procesos que se presentan a lo largo de una relación de pareja. Rivera Aragón (1992, citado en Díaz Loving, 1999) observa que en lo que toca a la distribución del poder, ésta se halla vinculada a aspectos de género. Aunque se observa que tanto hombres como mujeres definen el poder como autoridad, en las mujeres las respuestas plantean una autoridad en forma indirecta, ya que siempre aducen a otra persona que tiene el control, mientras que en los hombres la autoridad es directa ya que manifiesta control, imposición y decisión de ellos sobre otros. Las estrategias positivas más usadas en el estilo conductual por las mujeres son el razonamiento, la persuasión, el afecto-petición y la asertividad, por los hombres la negociación, el intercambio y la normatividad positiva; en el estilo negativo la mujer tiende a utilizar el afecto negativo y el hombre el autoritarismo, la coerción, el poder remunerativo y la normatividad negativa.

En términos generales y sintetizando la información de diversas investigaciones se observa que las mujeres tienden a estar más insatisfechas con lo que tienen que los hombres, perciben a su pareja como menos afectiva y más instrumental; los hombres brindan un carácter superior al noviazgo donde se muestran y comportan "románticamente" para conseguir el amor de una mujer, mientras que la mujer manifiesta su romanticismo y compañerismo en el matrimonio, donde los hombres mencionan aspectos como rutina, hijos, responsabilidad y estar en una relación contractual lo cual erosiona la posibilidad de alcanzar las metas del amor. La presencia de diferentes expectativas y fantasías mostradas por hombres y mujeres ante las diversas etapas de la relación de pareja, reducen la posibilidad de que logren alcanzar sus aspiraciones de una relación afectiva y edificante a largo plazo.

Pearson (1993) en su obra Comunicación y Género afirma, que "por lo general resulta difícil alcanzar una satisfacción marital completa. Además, los conceptos de constante evaluación de hombre y mujer, así como los diferentes estilos de relación, contribuyen a acrecentar el problema. Un gran número de hombres presenta dificultades al tener que enfrentarse a una mujer ambiciosa e independiente, mientras que una gran cantidad de mujeres les cuesta aceptar a los hombres que no expresan sus emociones o que lo hacen en un grado excesivo. Los hombres y las mujeres poseen percepciones diferentes, utilizan símbolos verbales y no verbales distintos y difieren en lo que respecta a sus propias habilidades para revelarse a sí mismos, para mostrar empatía, para escuchar y ser asertivos. La insatisfacción marital tiene lugar en aquellos casos en los que un miembro de la pareja no responde en forma recíproca a los comportamientos del otro. Los hombres tienden a cuidar más una relación durante sus estadios iniciales o durante el noviazgo que durante el matrimonio en sí. En el caso de las mujeres ocurre lo contrario: éstas tienden a mostrar menos interés y a mantener más distancia durante los estadios iniciales de una relación o durante el noviazgo que durante las etapas más avanzadas de la relación".

A pesar de estas aseveraciones, Burin (1991) observa que "para los hombres, estar casados favorece la continuación de su curriculum educativo y el mejoramiento de su situación profesional, en tanto que para las mujeres, inversamente, estar casadas lleva a una detención de sus estudios y a una tendencia a una movilidad social y educativa descendente".

Una interesante aportación de la autora es el término de "malestar femenino" con el cual se refiere a los modos de resistencia que las mujeres ofrecen a las condiciones opresivas que enfrentan; éste término no se encuentra involucrado en la tradicional dualidad salud / enfermedad, sino que introduce una posibilidad que participa de una lógica paradojal pues no refrenda la clásica diferenciación normal / patológico formulada por el modelo médico hegemónico donde predominan criterios biológicos, a-históricos, a-sociales, individualistas, mercantiles y pragmáticos. Estos criterios se realizan no sólo con un sesgo claramente sexista, sino también clasista o sea por el sexo dominante y la clase en el poder. Desde esta propuesta el sufrimiento femenino se describe como "una situación de subordinación social propia de las mujeres" (Burin, 1991). Burin no cesa de afirmar que la mujer casada, con hijos pequeños, un marido inexpresivo y ausente, y sin más aspiraciones de vida que la dedicación al hogar o por lo contrario con turnos dobles de trabajo, es una mujer en riesgo de "enfermar"; mientras que el hombre se encuentra en situación de mayor perturbación fuera de una relación de pareja.

Silverstein (1988) se aproximan a la propuesta anterior afirmando que los hombres ganan física, social y psicológicamente con el matrimonio, lo cual no se da en el caso de las mujeres, para quienes el matrimonio acarrea riesgos en su salud mental. La mujer casada comparada con el hombre casado y la mujer soltera tienden a sufrir de mayor inercia, insomnio, pesadillas, dolores de cabeza, mareos, palpitaciones cardiacas y otros malestares y dolencias. Por otro lado, los hombres casados muestran menos señales de peligro psicológico que los solteros o que las mujeres casadas. A pesar de que tradicionalmente el hombre se refiere al matrimonio como un estado de "atrapamiento", las estadísticas muestran que es el doble de ventajoso estar casado para un hombre que para una mujer en términos de sobre vivencia. Mientras para el hombre, las metas en el ámbito familiar y laboral son independientes, paralelas y libres de conflictos, para las mujeres la situación es muy diferentes: las mujeres que trabajan, especialmente las que tienen bebés o hijos pequeños, se encuentran con dos trabajos de tiempo completo. La mujer entra al matrimonio con posibilidades de desarrollo que el matrimonio detiene. Aunque muchos movimientos sociales en las últimas décadas como el movimiento feminista y la revolución sexual de los sesenta, han producido un marcado impacto en la visión tradicional del matrimonio, muchas de las viejas actitudes aún persisten.

En los matrimonios de doble profesión, es frecuente que sean las mujeres quienes asumen la mayor parte de las responsabilidades domésticas y familiares, además de cumplir, de forma simultanea con las exigencias de un trabajo de jornada completa. Las esposas en mayor grado que los maridos se angustian cuando han de hacer frente a una relación injusta. Algo que complica más la vida de la mujer trabajadora es que su marido no sea expresivo y cuide de ella. De hecho las mujeres no solo ejecutan una mayor cantidad de trabajo que sus maridos, sino que además, no se les reconoce ni se les presta el apoyo adecuado para hacerlo.

Desafortunadamente, en el ejercicio de profesional, los clínicos observan que la mayoría de las mujeres no se dan cuenta que realmente es imposible llevar a cabo la responsabilidad doméstica tradicional y al mismo tiempo trabajar durante el día fuera de casa, por lo tanto con frecuencia padecen de ansiedad, depresión y sentimiento de incompetencia: además en muchas ocasiones se enferman físicamente, lo cual no resulta sorprendente.

Por su parte Dallos (1997) muestra la existencia en la vida de pareja de diferencias de poder importantes en aspectos financieros, de apoyo, físico, sexual emocional y en cuanto a la crianza de los hijos. Afirma que los hombres se ven a sí mismos y son vistos por sus esposas como con más bases de poder en términos generales. Sin embargo en ámbitos como el sexual, emocional, comunicacional, social y legal, las mujeres detentan más poder mientras que los hombres lo tienen a nivel financiero y técnico. Estas diferencias revelan que las mujeres se perciben con menos confianza en sí mismas y menos libertad de acción y decisión, mientras que en los hombres el dinero y su papel secundario en la crianza de los hijos les hace verse hace mismos como más libres así como con mayor autoconfianza. Es imposible negar que las diferencias económicas, el ser o no ser dependientes económicamente, cambian la posición de poder de la mujer en diferentes ámbitos.

La aparición de síntomas siempre es un intento de equilibrar las desigualdades en materia de poder dentro de la relación. El miembro sintomático está en una postura inferior al otro cónyuge quien trata de ayudarle o cambiarlo, pero a su vez se instala en una posición superior en tanto que se niega a aceptar la ayuda o a cambiar. Un gran error sería no ver los síntomas como respuesta a la inequidad en la relación sino como consecuencia a patologías individuales. El detonar una crisis es mas sano en búsqueda de respuestas justas a que un miembro quede estigmatizado o enfermo.

Como datos informativos cabe resaltar que las mujeres tienden a manifestar síntomas como desórdenes alimenticios, angustias y depresiones, mientras que los hombres se inclinan por el abuso de sustancias y problemas de conducta como agresión y violencia; estos síntomas son generalmente consecuencia de los problemas que enfrenta la pareja en cuanto a acuerdos de poder.

En cuanto al planeamiento propuesto con relación a la crisis de pareja desde la mirada sociocultural, se puede señalar que el manejo del poder destaca como tema central en la relación de pareja. Observamos que los problemas de poder se relacionan fundamentalmente con el significado de la relación en términos de roles, responsabilidades, dominio en ciertas áreas y actividades conjuntas básicamente; desde aquí, ambos cónyuges tienen ideas del tipo de relación que quieren y la parte que quieren jugar. Por lo tanto, para funcionar necesitan llegar a algunos acuerdos o al menos acordar en que no están de acuerdo. Desde lo sistémico sería incongruente afirmar que el poder pertenece a un agente en particular: éste emana de una relación entre esposo y esposa, sin embargo no se puede negar que las diferencias económicas y los discursos dominantes existentes en tanto sociedad patriarcal, ejercen una influencia considerable en la distribución de dicho poder.

Otro aspecto que tampoco se puede dejar de ver es que en la actualidad prevalece un tabú en torno al tema del poder, es algo de lo que "no se debe mencionar". Se puede hablar de trabajo fuera de casa o de delegar funciones domésticas pero no de tener más poder en la relación, como si la idea romántica de la mujer amorosa estuviera en contra de esta propuesta. Las mismas mujeres lo connotan negativamente aseverando que se ve como feminista, provocador, generador de conflictos y con consecuencias negativas.

Al respecto Dallos (1997) explica que "Es más fácil hablar de problemas sexuales de índole individual que de problemas de poder a nivel de construcción social. No se asume que el costo de una discusión desagradable puede tener beneficios para la relación". Es curioso observar en nuestra práctica profesional como las mismas diferencias de poder existentes en el matrimonio provocan que las personas con menos poder intenten comprender y justificar a aquellos que ostentan un mayor poder y status.


  • Sea cual sea la perspectiva desde la cual se aborde la crisis, ésta es una realidad inminente e incluso necesaria en la vida de pareja.

  • Es difícil y también riesgoso abordar este tema desde un solo enfoque: ya sea circunstancial, individual, relacional o sociocultural. Estos factores van interrelacionados, unos llevan a otros, unos derivan de otros.

  • Es indispensable desarrollar la capacidad para incluir categorías más abarcantes que lejos de restringir la mirada en relación a la conflictiva de la pareja amplíe los ángulos desde los cuales se le pueda abordar.

  • La crisis, en tanto que desajusta el equilibrio de la pareja, ha de recorrer un proceso para retornar a un punto, que sin ser el mismo del cual se partió, sí proporciona a los cónyuges la dosis de estabilidad indispensable para funcionar dentro de una nueva organización más oportuna y constructiva para ambos.

  • Después del impacto, la intrusión y el caos que genera la introducción de premisas y acciones que se ubicaban completamente fuera del mapa conyugal, la crisis, bien manejada, llega a la consumación, donde se integra la experiencia dentro de la vida, se acepta lo perdido y se abraza una nueva etapa de vida con todas sus enseñanzas y sus ventajas.

  • De la respuesta constructiva a los diversos desafíos que la pareja enfrente, de la solución positiva de estas crisis sucesivas, dependerá el que la pareja pueda actualizar satisfactoriamente su relación y mantenga vínculos estables que propicien el crecimiento de ambos.
Finalmente compartimos el planteamiento de Troya (2000) cuando afirma: "Lo cierto es que las parejas están en un proceso de migración, de pasaje, de transformaciones de sus contextos y espacios simbólicos, de modificación cultural, que significan redefiniciones de las relaciones, de las zonas de compromiso y autonomía, de vínculos con el macro y microsistema".

Por esto trabajamos....